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20.02.2017

21st Feb 2017 0 Comments
20.02.2017

(Publicada originalmente en ElEstilete.com: http://www.elestilete.com/escritura/20-02-2017/)

A los 15 años era un chico deportista y bastante solitario, caminaba mucho, no tenía muchos amigos, los libros eran mi refugio y mi alegría. 40 años después no he cambiado mucho, en apariencia, salvo que la vida, como a todos, nos ha ido adosando personas que han significado nuevos refugios y nuevas alegrías, seres que siempre mantengo en la custodia de mi intimidad, mi esposa, mis hijos, mis (pocos) amigos. Nunca he encontrado razón para estar declarando por allí mis cariños, el marketing afectivo no se me da. Pero hoy, 20 de febrero de 2017, puedo contar una historia.

Parque Central, el de Caracas, formaba parte de mis rutas, allí iba a estudios libre de la USB y siempre me detenía en el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber. Atravesaba las salas casi siempre vacías y llegaba a mi primera parada: “La lección de esquí” de Joan Miró. Esa obra me fascinaba, me llenaba la cabeza de ruidos. Durante los años llevé a varias personas a que la vieran, era acaso mi manera de presentarme, una forma tácita de decir “esto es importante para mí, ¿Qué te parece?”. Pienso en todos esos encuentros. Recuerdo a Leo, mi hijo mayor, muy chiquito, mirando al cuadro y, cuando creía que yo no lo miraba, mirándome a mí; no le decía nada, pero esperaba que ese lugar le quedara en su corazón.

Poco a poco el recorrido fue aumentando en paradas, Braque, Picasso, Otero y la biblioteca, la maravillosa biblioteca. Fue allí donde un día vi por primera vez, en vivo, a Sofía Imber.

La había visto en TV muchas veces, en programas que definitivamente no eran para mi edad, que me planteaban problemas inmensos que no entendía, crisis horribles que no vivía; pero entre la TV y el museo empecé a entender muchas cosas. Esa señora que un día me dijo “¿Cómo estás?, era la protagonista de todo lo que en ese lugar me fascinaba, era la máxima sacerdotisa.

Trabajaba en la Avenida Urdaneta y, al menos dos veces a la semana, almorzaba en el café del museo, iba a pie. Comía casi siempre solo, viendo el Jubileo de Lynn Chadwick, me sentía un privilegiado. Al terminar entraba al museo, bajaba a la “La Suite Vollard”, por allí estaba Gego, más allá Braque. Para como un sueño, corrijo, era un sueño, fue el sueño repetido que me salvó.

En 1985 vino Rauschenberg a Caracas como parte de su proyecto Rauschenberg Overseas Culture Interchange. Obviamente si no hubiera estado allí Sofía Imber eso no hubiera ocurrido. Rauschenberg fue para mí la gran revelación: el arte era capaz de “explicar” lo inexplicable, allí en su “Urban Order, ROCI-Venezuela, 1985” estaba todo, ensamblados, amalgamados, coexistiendo nuestros símbolos de progreso, religión y política rodeando a un cerro lleno ya en esa época, de ranchos. Rauschenberg hablaba, miraba a Sofía y ambos rostros brillaban. Para que el arte suceda hace falta algo más que sólo el artista, de eso se encargaba Sofía Imber.

Hoy, 22 de febrero de 2017, Diego Arroyo nos confirma que Sofía Imber ha muerto y siento un ahogo, una angustia, tomo mi Polaroid, cargo una película Time-zero que esperaba un motivo, busco el retrato de José Sigala, acaso el retrato que más he envidiado en mi vida, y disparo una y otra vez a la pantalla, hasta que el cartucho se acaba. Las ordeno y hago una reverencia, en silencio.