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Cubagua y el secreto de la tierra

Ángel Vilanova en su trabajo “Para una lectura crítica de Cubagua, de Enrique Bernardo Núñez” nos da cuenta de las extrañas circunstancias en las que se publica por primera vez Cubagua. Lamentablemente usamos el término extraño como recurso puramente retórico, ya que son muchas las obras de nuestra literatura que, o bien sufrieron del desinterés de los editores o fueron víctimas del olvido de los lectores o de los escritores parricidas que piensan que nada existió antes de ellos y acaso nada existirá después. Cubagua no ha sido una excepción en un país empeñado en no cultivar sus tradiciones. Sintámonos afortunados de que nuestra Escuela, en este sentido, sea diferente.

Por lo antes expuesto, el carácter innovador de Cubagua, lejos de favorecerla, la perjudicó, acaso iba a contrapelo de la corriente narrativa de su época, fundacional si se quiere, con Rómulo Gallegos a la cabeza. Precisando, podemos ubicar lo innovador de Cubagua en dos ámbitos: el temático y el estilístico.

Desde el punto de vista temático, si bien la escenografía puede resultar convencional, en el que el mar sustituye al omnipresente llano de Gallegos, Núñez no pretende simplemente escrutar a ese paisaje y a sus pobladores, tampoco pretende explicar cómo la herencia mítica ha derivado en personajes fantásticos o costumbres oscuras: Enrique Bernardo Núñez quiere con Cubagua escribir Historia. Para él el novelista es un historiador, un intrahistoriador si se quiere, pero en definitiva la responsabilidad del novelista está en escribir la verdadera historia.

Si concebimos a la historia como la memoria cultural, además de factual, de un pueblo, podríamos concluir que Cubagua ha sido una empresa exitosa, como lo fue La Odisea o Pedro Páramo. Los fragmentos se nos presentan como lazos que van cerrando poco a poco esa inmensa elipsis que es en definitiva la historia.

Nombro estos dos enormes hitos de la literatura porque ambos nos conectan con la hipótesis de Vilanova acerca del uso del “Viaje al averno” como recurso que permitió a Núñez escapar de las limitaciones espacio-temporales, convirtiendo a Cubagua en un símbolo, a veces en un estado de cosas, más que un simple territorio. En este sentido, el manejo de los códigos es impecable en Núñez: termina la primera parte de la novela con un comentario inquietante, que nos deja claro que esa comisión de Leiziaga es más que un simple viaje:

“Leiziaga pensaba cumplir la comisión en tres días y regresar en seguida a Caracas”

La figura del guía, o los guías, personificados en Fray Dionisio de la Soledad (qué estupendo guiño en ese nombre) con sus visiones alternas de las cosas, Stakelun brindando continuamente cables a tierra, Antonio Cedeño el barquero. La imagen de la belleza redescubierta por Leiziaga en Nila Cálice

Leemos esta primera parte de la novela, cuyo título “Tierra bella, isla de perlas…” alude a los versos de J. T. Padilla, que tal como nos precisa Núñez ignora “la miseria de los labriegos”.

Me llama particularmente la atención el tipo de intervención del narrador a lo largo del texto, que más allá de la simple conducción, interpela al lector:

“¿Quién ha dicho que es inútil arar en el mar? Los brazos labran surcos donde la gema florece. Hincha de pan las manos como la mazorca. ¡Bendito sea el mar! El mar, como la tierra, da oro y pan”

El título de la segunda parte “El secreto de la tierra” es el hilo conductor de la novela, la búsqueda inevitable de “la verdad”. La verdad como secreto, en el sentido de algo oculto, a lo que se accede y de lo que finalmente tendremos, acaso, una epifanía como premio a nuestro empeño. El viaje de Leiziaga prosigue y los anclajes con lo predecible, con lo cotidiano comienzan a romperse.

Flota el fantasma del tirano Aguirre, aparece el inquietante relato de Vocchi, peculiar “Informe de Brodie” que junto con “Nueva Cadiz”, la tercera parte de la novela, nos dejan pocas dudas de que Cubagua es un relato de un comienzo y un fin que se confunden, de una inevitable decadencia, pasamos del “Allí pesaban las perlas como granos de trigo” a “Quisieron construir una ciudad de piedra y apenas levantaron unas ruinas”.

Las perlas que luego serán magnesita o petróleo, la avaricia como único arraigo, la construcción que trae intrínseca una destrucción, el azar de una comisión de inspección que en nada difiere del navío hundido de Vocchi, la permanente evolución de algo que garantiza su inmutabilidad, porque al final, cuando el orden se recompone apretadamente en cuatro párrafos, la conclusión es que “Todo estaba como hace cuatrocientos años”, como insistía Fray Dionisio.