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“Ecos” de Isabel Guevara


El miércoles 18 de Abril se bautizó el libro “Ecos” de Isabel Guevara y tuve la dicha de hacer la presentación. Transcribo el texto aquí para invitarlos a que se aproximen a esta poesía tan genuina.


Nomen est omen, el nombre es un signo, este es el título del primer poema de este libro que hoy pone en nuestras manos Isabel Guevara. Este título, este poema, es tan sólo la primera de las muchas claves que Isabel ha colocado, un eco más podríamos decir, de esta poesía que enunciada durante los años, mucho antes que Isabel, hoy nos llega con contundencia y nos interpela. Si no enfrentamos nuestro lado oscuro tarde o temprano nos absorberá, Isabel lo sabe bien y por eso ha decidido recopilar en la primera parte de su poemario aquellos ecos que escuchó en sus excursiones, guiada acaso por “fumarolas cafeinadas” con las que “alucinados / nos perdemos en la noche / sucumbimos”.

Estos primeros textos, bajo el título de “Ecos míos”, son pura declaración, una fe de vida, fragmentos de un curriculum vitae detallado, pero escrito, quién esperaba menos, desde la negación y con un tono sorprendentemente romántico: “no soy quien acaricia a Luna / para producir sus cambios // no impulso / el alba / ni el ocaso // no resido / en la sombra de la luz / o el avatar de las presencias // propongo buscar lobos y osos / descubrir los movimientos capturar los eclipses”. El mantenimiento de este tono, si fuese un mero artificio, sería un logro notable, pero nos llegaría con la frialdad de una rosa de cristal. Muy por el contrario, Isabel mantiene esa voz quebrada, genuinamente imperfecta, hasta la conmoción: “fuego / fuego // abrasa mi agonía / abrasa el poema que no alcanzo”.

En el poema “toque de queda” Isabel incluyó como parte del título, entre paréntesis, la aclaratoria “ars poetica”: nueva sorpresa, ¿es que acaso no es ars poetica cuanto hemos leído hasta ahora?. Volvamos atrás y repasemos: “este es un poema / que se escribe”, “no seguiré de puntillas / caminando veraz / denunciado en la palabra”, “y si al alba / no me bebes / ni me induces / al poema…”. Les propongo que tomemos ese paréntesis de Isabel tan sólo como un recordatorio.

Pero terminamos esta primera parte del poemario, estos “Ecos míos” con la incomodidad del que ha quedado desnudo, porque ese soliloquio aparente nos viene desde el fondo de un espejo y la tristeza, que llega sin ser invitada, reparte el pan para todos. Comprendemos un poco más a William Blake, cuando en sus Canciones de inocencia y experiencia sentenciaba: “¿Puedo ver una lágrima cayendo / y no sentir mi parte de desdicha?”.

A los “Ecos míos” siguen los “Ecos tuyos”. Isabel pasa aquí de la declaración a la observación, instala su caballete, mezcla los colores y con veloces pinceladas (de que otra forma entender “el silencio de la mano”) comienza: “palabra no es / la que con atuendo de ocasión / deseas” y más aun, “tu voz / sin toques de imponencia / como quien dispone el pan / no es la voz del cisne” y cuando las rodillas ya nos fallan, Isabel insiste “el viaje / […] // más allá del ego / te exige soledad / suspender el camino // […] // no morirás -no has vivido-”. Golpe tras golpe, con la fuerza del pincel, con la contundencia de la belleza, se desarrolla esta segunda parte del poemario, sin lugar a dudas la más densa, la más exigente, si la abordamos en el tono menor musical que sugiere el prologista.

Pero no todo es diagnóstico en estos “Ecos tuyos”, luego del examen viene el recipe: “cédete a la embriaguez de la noche / y permítele al semidios de la extrañeza vencerte / en su maravilla” y una advertencia que es conveniente guardar: “que lo blando del mendrugo no te aplaque el verso”. Con una construcción audaz, llena de verbos misteriosos que no nos animamos a buscar en el diccionario, Isabel se ubica en el borde semántico al que se asoman aquellos que desean explorar el lenguaje imposible del alma.

“Ecos suyos”, la tercera parte del poemario, nos lleva de paseo al museo de cera de la memoria, alabada y condenada memoria. A la izquierda Sherezada que murmulla “bajo la luna cambiante / inmutable”, mientras Jorge enrolla sus serpientes para que no asusten a los hijos de la tierra que observan desde el otro lado del pasillo. Al fondo, Psique muestra la tablilla con los mandamientos: “sembrar / escribir / procrear”.

“La escritura es un espacio de duelo / entre la fuga y el quebranto”, nos dice Isabel ya en el cierre de su poemario, “Ecos de todos”. Aquí, el telón de fondo es la noche, ese monstruo llenos de ojos, y su banda sonora es el silencio. Como en el poema “Llueve ahora” nos atrevemos a implorar: “¿qué hombre no merece una calle amable, / sin límites de cielo, para su abrasado ardor?”. Pero no hay nada que hacer, el camino es oscuro y en vertical, no importan nuestros deseos, porque en la vida, “en esta esquina invariante donde todos son fieles a los papeles asignados”, tarde nos damos cuenta de la estafa, “no era la noche que se apagaba / por la violencia del sol // no era mirar con otros ojos / ni tocar con otras manos // estafa / era la palabra atada / al cautelo”.

“Ecos de todos”, porque, como dice Isabel “la noche desde su seno // […] // nos iguala”. Isabel dice noche, pero luego se decide a decir muerte, “aquí / sin distinciones ante la muerte / sólo hay señales desnudas”. George Steiner, de entrada, dice muerte y agrega: “¿Por qué habría de conceder la muerte momentos para un encuentro escogido cuando, en realidad, todos nos encontramos en el mismo camino que conduce hacia ella?”. ¿Que nos queda entonces?, “volver a los griegos / intentarlo / desde el ambiguo juego de la representación”.

Pasamos la página temblorosos, llegamos al último poema, el título : “001”; leemos “uno / solo uno // para redimir la entraña”. Ya no preguntamos mas, sabemos perfectamente a quien se refiere.

He leído la poesía de Isabel Guevara desde hace tiempo y el libro que tenemos entre manos, a pesar de presentarse como una selección, no sólo es una unidad coherente en si misma, sino un reflejo diafano de su autora. Casi agradezco a las circunstancias que fueron preservando inéditos a esos libros de los cuales surgen hoy estos “Ecos”. Quiero creer que estos poemas estaban predestinados a vivir juntos.

Isabel es de esos poetas para los cuales, cito a María Fernanda Palacios, “el poema hace las veces, a un tiempo, de tabla de salvación y de espléndido regalo. Quizá por eso lo reciben como ofrenda y lo viven como un sacrificio”.