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El cuarto de al lado

A Krina Ber

“Ni siquiera pude despedirme de él”.

Esta frase, con la que Krina me recibió en el velorio de su esposo, no me ha soltado. Fernando murió durante el sueño, un paro respiratorio solitario, mientras Krina escribía en el cuarto de al lado la novela que le había prometido terminar.

No era nueva esa imagen de abatimiento de Krina; esos ojos perdidos los he visto antes, incluso en el espejo, cuando es imposible obtener respuestas, pues las preguntas no están claras. Lo que si era nuevo era esa oscuridad en su mirada, que siempre dejaba pasar una chispa de futuro a través del velo de descreimiento polaco que la envuelve.

Un día antes mi esposa me había comentado que, por alguna razón inaccesible, había releído el cuento “Amor” con el que Krina ganó el concurso de cuentos 2007 de “El Nacional”. Me dijo que, más que leerlo, lo había vivido y llorado intensamente. La noche de ese día recibí el mensaje de la muerte de Fernando, protagonista de ese cuento maravilloso.

¿Nos ahogamos o flotamos? Acaso nos sometemos al rigor de la corriente o nos tomamos con firmeza de una rama, hasta que se quiebre y nos devuelva al devenir del río. Y es que nos empeñamos en someter los hechos a un riguroso análisis causal. “Todo pasa por una razón”, le dijo una amiga para consolarla, y añadió el tópico fatídico “sólo dios sabe…”.

“José, ¿tú crees en dios?”, me preguntó Krina con una mirada casi infantil. Me pareció inapropiada una respuesta extensa y opté por una mueca que pretendí que significara “acaso no en el dios del que habla esta señora”. ¿Cómo podemos creer en un dios de certezas?, ese dios es imposible para mi, prefiero aferrarme a un dios incompleto, de enigmas, un dios como el de Rilke que, más que creador, es creado por nosotros y, por lo tanto, es un dios personal, incompartible, un dios esquivo a la razón pero cercano a nuestro ser.

Krina iba y venía, miraba al techo de la capilla, se aferraba al diseño de ese techo, buscaba a su nieta, saludaba una y otra vez a los amigos, acaso buscaba las preguntas necesarias, el punto de partida para alguna respuesta, la que sea, que permitiera el reposo.

La fe no puede ser abandono, sinónimo cruel de esperanza; no para mí, no para Krina. La fe se parece a ese escribir doloroso, a ese empeño que en la soledad intentamos, mientras que en el cuarto de al lado el destino nos espera con otro enigma.