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El retrato es un performance

14th Jun 2015 0 Comments

El retrato, sobre todo el retrato fotográfico es acaso la modalidad expresiva que más compromete la integridad de los involucrados. Ese performance con guión falso, pone al retratista y al retratado ante la necesidad de entregarse si quieren que algo resulte de ese duelo entre la extracción de la esencia de una persona o la proyección de un personaje construido.

Richard Avedon en su libro Portraits de 2002, incluyó un maravilloso ensayo sobre la naturaleza del retrato, titulado “Borrowed dogs” (Perros prestados). Este texto es, en mi opinión, el más lúcido sobre el tema y, a la vez, el más personal de los escritos de Avedon.

Incluyo algunos fragmentos:


Cuando era niño, con mi familia nos dedicábamos con gran cuidado a las instantáneas. En realidad las planeábamos. Armábamos composiciones. Nos vestíamos. Posábamos ante coches caros y casas que no eran nuestras. Tomábamos perros prestados. Casi todas las fotos familiares que tomamos cuando yo era niño muestran un perro prestado distinto en ella. Las fotos de esas páginas son de mi madre, mi hermana y yo. Parecía una ficción necesaria que los Avedon fueran dueños de perros. Mirando esas instantáneas recientemete, encontré once perros diferentes en un año en nuestro álbum familiar. Ahí estábamos ante Packards y ¿canopies? Con perros prestados, y siempre, para siempre, sonriendo. Todas nuestras fotos familiares fueron contruidas sobre una cierta mentira acerca de lo que éramos, y revelaban una verdad acerca de lo que queríamos ser. 

[…]

El retrato es performance, y como toda performance, al sopesar sus efectos, es buena o mala, no natural o antinatural. Puedo entender el problema en aceptar esta idea de todo retrato como performance porque parece implicar cierto artificio que compromete la verdad sobre el retratado. Pero no es así en absoluto.

[…]

Déjenme contar una historia que puede decir algo acerca de esta idea relacionada con mi propio trabajo En 1975 llegué a un punto en mi carrera en que no estaba interesado en hacer retratos a personas de poder y fama. Sin embargo, había tres hombres cuyo trabajo admiraba enormemente y cuyo retrato quería realizar: Jorge Luis Borges, Samuel Beckett, y Francis Bacon. Sus retratos involucraron tres tipos diferentes de performance: Borges otorgó una performance infotografiable, Beckett rechazó la performance y Bacon ofreció una performance perfecta. 

Fotografío a lo que más le temo, y Borges era ciego. 

En vuelo a Buenos Aires me informan que la madre de Borges, con quién yo sabía que él vivió toda su vida, acababa de morir esa mañana. Asumí que la sesión sería cancelada. Pero él me recibió, como estaba planeado, la tarde siguiente a las cuatro en punto. Llegué a su apartamento y me encontré a mi mismo en la oscuridad. Estaba sentado en una luz gris, en una silla pequeña, y me señaló con su mano que me sentara a su lado. Casi inmediatamente, me dijo que admiraba a Kipling, y me pidió que le leyera. “Ve a la biblioteca y busca en séptimo libro desde la derecha del segundo estante”. Lo hice. Me dijo cuál poema de Kipling quería ecuchar –“The Harp Song of the Dane Women”- y se lo leí. Se sumó en algunos pasajes. Si sabía yo anglosajón, me preguntó. ¿Qué prefería, leyenda o elegía? Elegía, aventuré. Me explicó, mientras preparaba su recitado, que su difunta madre yacía en la habitación de al lado. Sus manos se crisparon de dolor justo un instante antes de su muerte, explicó, y luego describió cómo él y su sirviente habían estirado cada uno de los dedos de su madre, uno por uno, hasta que sus manos descansaron sobre su pecho. Luego recitó la elegía anglosajona, su voz elevándose y cayendo en el cuarto oscuro.

La primera vez que lo ví en la luz, era mi luz. Me abrumaron los sentimientos y empecé a fotografiar. Pero las fotos resultaron más vacías de lo que yo esperaba. Pensé que de alguna manera la abrumación fue tanta que no había logrado poner nada de mí mismo en el retrato.  Cuatro años después leo una crónica de Paul Theroux sobre su visita a Borges. Era mi visita: la luz suave, la ida a la biblioteca, Kipling, el recital anglosajón. De alguna manera, parece que Borges no hubiera tenido visitas. La gente que venía de afuera sólo podía existir para él si formaba parte de su propio mundo interior, el mundo de poetas y sabios que eran su verdadera compañía. La gente de ese mundo sabía más, discutía mejor, tenía más para decirle. La performance no permitía ningún intercambio. Él se había tomado su propio retrato hacía tiempo atrás, y yo sólo pude fotografiar eso.

En 1979 fui a Paris a fotografiar a Samuel Beckett. Mientras nos disponíamos a caminar por ahí con la cámara y el fondo blanco, Beckett habló: “Esto es muy doloroso para mi”, dijo. Elegí creerle -a pesar de que el comentario debe haber querido significar otra cosa- y al cabo de unas pocas tomas, detuve la sesión casi antes de haber empezado. No estoy seguro de haber hecho lo correcto.

Mi sesión con Francis Bacon  fue planeada para una mañana de domingo también en Paris el mismo año. Había instalado mi estudio de exteriores en la parte sombreada del Musée d´Art Moderne en el Trocadero. Bacon llegó con una remera rayada, pantalones de cuero y una chaqueta a cuadros, vestido para matar, vestido para ser fotografiado. Y tuvimos una charla encantadora sobre las diferencias entre vivir en Paris y en Londres. Era un día soleado, y un reamente amable y civilizado intercambio. Luego comencé el retrato. Le expliqué la naturaleza del díptico que quería lograr. Elaboré un pequeño boceto de lo que esperaba hacer. Le pedí que cambiara su chaqueta por mi buzo liso y oscuro. Y luego le pedí que levantara su mano para que entrara en el retrato. Si le hubiera pedido lo mismo a un político o a un banquero, o para el caso, a cualquiera de nosotros, la tendencia del sujeto habría sido tratar de mostrarse distinguido, sabio, con el mentón en la mano o la mano en la frente. Bacon inmediatamente actuó el rol del Bacon privado con la mayor pureza y economía de gesto, y aún así, lleno de un sentimiento auténtico. Sin decir una palabra, entendió de qué iba mi retrato, qué precisaba de él y encima, permaneció totalmente fiel a sí mismo. Nadie podría actuar como Bacon excepto Bacon. En ese perfecto, diáfano domingo, ante la Torre Eiffel, él logró una honorable y perfecta performance.


Madretriptico

 

Este tríptico de mi madre lo tomé hace unas semanas durante una conversación que tuvimos, en la que trataba de explicarme cómo se sentía luego de la muerte, meses atrás, de mi padre. La presencia de la cámara no le es ajena a mi madre, pero impuso una dinámica performántica. De esa secuencia de poses y tonos quedaron estás imágenes, un performance acaso mejor que el de Bacon, porque no requirió instrucciones, tan sólo el entendimiento mutuo de lo que ambos queríamos lograr en cada click.