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Existencialismo y rapto

Juro que una lucidez demasiado grande es una
enfermedad, una enfermedad total y completa.
Fiódor Dostoievski
Memoria del subsuelo

De Hanni Ossott se dice que vivía en y para la poesía, que el poema era el objeto permanente de su observación y, sobre todo, de su pensamiento. Manuel Caballero relata la manera en que su ritmo vital estaba gobernado por sus espacios de pensamiento y de escritura. Rafael Cadenas nos informa acerca de sus lecturas, concentradas fundamentalmente en poesía, filosofía y algún otro texto de otro género que, de alguna forma, mostrara esencia poética o se dedicara a la filosofía o al arte. Parece como si Hanni evitaba a toda costa el “ruido” que la alejara de su búsqueda, y que cada texto que producía, fuese poesía o ensayo, funcionaba como una piedrita que le permitía marcar el rastro del camino por el que había transitado.

Todo esto, salvo las opiniones de Caballero, Cadenas y de otros compañeros cercanos de Hanni a las cuales queremos darle crédito, son especulaciones que no obstante, al estar basadas en la experiencia de la lectura atenta de su obra, no carecen del todo de validez. En este pequeño ensayo queremos mantenernos apegados a las palabras que Hanni nos dejó, tal como diría Rafael Cadenas en la presentación del libro Cómo leer la poesía:

Siempre es un trago muy fuerte ver desaparecer a alguien que hemos querido, pero ese desaparecer no se llevó palabras. Están aquí en sus otros libros. Es lo único que ha quedado de ella.

Vamos a detenernos en unas, pocas, de esa piedritas que Hanni dejó en su camino, comencemos con la traducción que hiciera de Las elegías de Duino de Rilke, considerada por muchos como la mejor versión que se haya plasmado en castellano de esta obra fundamental. Hanni llega a Rilke por dos caminos, por un lado Rilke representaba acaso el prototipo de poeta que Hanni aspiraba a ser: poeta iluminado, concentrado, aislado, riguroso, entregado religiosamente, tanto temática como metodológicamente, al discernimiento de los misterios de la existencia. El otro camino que la acercara a Rilke fue el de la lengua alemana y sobre ese conocimiento que tornara en amor, sustentó esta magnífica traducción:

Ella [la lengua alemana] pertenece a un pasado hace ya tiempo escindido, incompleto, roto. Un abuelo, una madre me legaron la base de la sonoridad de una lengua rica en poesía y en matices, una lengua capaz de generar prodigiosas transformaciones en su seno. Del idioma alemán conservo la música, la totalidad y la tensión interior de las palabras; con todo ello he llevado a cabo mi traducción.

En las elegías se presenta un recorrido minucioso por el entorno, las cosas y los seres, en la medida en que ellos de alguna forma pueden dar pistas a la pregunta esencial que se plantea toda la obra: la naturaleza de nuestra existencia y la relación que esta tiene con lo divino, más precisamente con lo angélico. Esta búsqueda genera una tensión, exacerbada por la contención del poeta, acaso una especie de angustia existencial, que de alguna forma acompañó a la obra de Hanni y que había tenido un desahogo evidente en el poema Del país de la pena, publicado en 1987 dentro del libro El reino donde la noche se abre.

El año de publicación de este libro coincide con el de la publicación de la primera edición de Elegías de Duino, por lo que cabe pensar, a pesar que Hanni data el poema en Noviembre 1985, que existió interacción entre ellos y que la resonancia del trabajo intenso en las elegías, de alguna forma, desencadenó en este gran poema, y gran libro, profundamente existencialista.

Rilke mencionó que las elegías le habían sido “dictadas”, se refería a “algo de arriba”. Hanni hablaba de Del país de la pena como un texto escrito en un rapto. Personalmente nos resistimos a esta idea, acaso con menos sustento del necesario, al observar las claras referencias que se encuentran en el poema a lecturas habituales de Hanni, como Virginia Woolf. Sin embargo no podemos pasar por alto la observación de un testigo “presencial” como fue Manuel Caballero, que partiendo de un escepticismo similar al nuestro confiesa lo siguiente:

Puedo dar un testimonio, pues siempre me había burlado de la idea romántica de que un poema podía surgir del todo armado de la cabeza y el corazón del poeta[…]. Nunca me había tragado aquella leyenda de Samuel Taylor Coleridge visitado por el demonio de la inspiración para escribir su Kublai Khan. Pero esa noche tuve la prueba de que me equivocaba en mi escepticismo. Habíamos bebido un trago de ron para cenar, pero Hanni apartó su plato, y se encerró a escribir sin interrupción hasta la madrugada, cuando se echó a mi lado, todavía temblorosa y sin poder dormir; acababa de escribir “Del país de la pena[…]”.

En Del país de la pena conviene detenerse, no sólo por ser un poema que marca un antes y un después en la poética nacional, sino porque, en forma indudablemente más dramática, también marca el comienzo del agravamiento psíquico definitivo de Hanni. Había que prestar mayor atención a las advertencias de Rilke, colocadas incluso con vehemencia en el inicio de su primera elegía:

[…]Porque lo bello no es más
que el inicio de lo terrible, que todavía apenas
soportamos,
y lo admiramos tanto porque serenamente
rehúsa destruirnos. Todo ángel es terrible.
Y así me contengo y ahogo la llamada de mis
sombríos
sollozos.

Pero es inútil la advertencia, y de la entrega al fulgor surgió esa pregunta que nos martillea a lo largo de todo el poema y a la cual se plantean múltiples respuestas, todas posibles y todas imposibles, “¿Quién soy?”. Que es otra forma de decir, desde la perspectiva de la otredad, “¿Quién, pues, si yo gritara, me oiría entre la jerarquía de los ángeles”. En las respuestas de Hanni a ese “¿Quién soy?”, resonancia hipotética del “¿Quién[…] me oiría[…]?” de Rilke, encontramos ciertas claves para el discernimiento de su poética y de su vida, que acaso eran una misma cosa.

Lo primero que llama nuestra atención es el carácter sensorial del poema. “Oigo” y “Veo” son los verbos más utilizados. El poeta gira a su alrededor, mira en todas direcciones, se vuelca hacia adentro y vuelve a salir observando y escuchando, eventualmente se detiene y “piensa”, pero es sólo una breve pausa para continuar la exploración. Esta poesía de la exploración la vemos en toda su obra, pero a nuestro juicio llega a su expresión más diáfana en El circo roto que tocaremos más adelante.

Pero, ¿qué vemos a través de los ojos del poeta?. Vemos fundamentalmente naturaleza, mucho mar, vemos una niña que más que hija fue nieta, en una “casa destrozada por el dolor”. Este dolor, mutado luego en pena, está por doquier que el poeta se asoma y termina invadiéndola. Por otra parte, para completar esta apresurada caracterización, vemos el agobio que causa la cotidianidad, las obligaciones de todos los días, vistas desde una perspectiva decididamente feminista, “¿podrán los hombres ayudarnos?”.

La pregunta existencial adquiere en el poema dimensiones metafísicas, se insinúa que el poeta está convencido de que su alma, que en este momento ocupa el cuerpo de Hanni Ossott, ha venido de otros lugares y otros tiempos, “¿Soy de la Edad Media?” y acaso por esto se establece un diálogo con algo que está llamado a conocer el misterio (¿El ángel de Rilke?):

¿Quién soy? Te fui a buscar

[…]

¿Dónde estás? Dime, quién soy yo?

[…]

¿Qué soy? Escucho algo en mí, una voz, quizás
algo que quiere salir
algo claro
que ahora no entiendo, que rumorea.

[…]

No es el de adentro quien pregunta
Es el de afuera
el demolido
el cansado
el exhausto
Y mi voz se alarga, se extiende
¿Quién está allí?

En 1992, en el libro Casa de agua y de sombras aparece un poema que parece una proyección de esta búsqueda y de esta espera, de esta iluminación, que igualmente se le quiere y se le teme:

Y los temores
el miedo a que alguien apareciese
y se me quedara mirando
fijamente y en silencio

Y el temor de irse lejos
de perder la mente

Y el temor de un animal
escondido en el clóset

Y el temor de que alguien muriera, otra vez.

En las primeras lecturas de este poema, hechas hace años y en otros contextos, pensábamos que el poema nos hablaba de la locura y las visiones que la misma produce. Si bien la referencia a la enfermedad es evidente y deja claro que para Hanni esa era una real preocupación porque sentía el frágil equilibrio en el que se encontraba, ese “alguien” lo asocio más a ese que en “Del país de la pena” Hanni increpa, busca y casi anticipa.

A pesar de esta lucha intensa, ese desplome psíquico en cámara lenta que vamos observando en la obra de Hanni, su poesía no pierde en ningún momento la lucidez y la conexión con su entorno y sus circunstancias. No encontramos un mejor ejemplo de esto que el poema U.C.V. Mea Culpa, incluido en el que para nosotros es el mejor de los libros de Hanni, Circo roto; acaso por lo contradictorio, por esa sensación de montaña rusa que nos deja y esa secuencia de textos a manera casi de bitácora. Reproduzco tan sólo unas líneas del poema, que ilustran nuestro punto:

[…]
Trabajo, sí
mientras puedo…
mientras me dejan…
las secretarias
los bedeles
los profesores
los siquiatras
y los encapuchados

Los Decanatos son un reino de locos
donde todos se pelean.

[…]

Veo sus jardines destrozados
y me da pena
veo los allanamientos
y me da pena
veo botellas de agua mineral lanzadas al piso
veo preservativos.
Y digo, me digo:
¡Santa Cruz de Tenerife!
«Orden en la pea»

[…]

Este no es el poema de una alucinada ni de una extraviada, este es el poema de alguien que sufre su realidad, es un poema que comunica y que permite la identificación, es un poema de un ser humano con aspiraciones humanas. Pero a escasas seis páginas de este poema, algo así como la distancia entre la mañana y la noche del mismo día, nos encontramos con el poema Del ángel” dedicado, como tantos otros, a Rilke:

Oh Dios, si los Ángeles no viniesen a mí
¿qué haría?
no habría mar, ni cielo
ni playa

[…]

Ese Ángel es una flor pintada
una flor de la esperanza
una Edelweiss
Y es el retrato de mis muertos
mis apasionados muertos

[…]

Oh Dios, que nunca falte el Ángel en mí.

Al igual que Rilke, Hanni ejercía con sumo respeto y cuidado el oficio poético, de esto da cuenta cabal en Cómo leer la poesía, sobre todo en el ensayo final del libro, titulado Memoria de una poética. Pero cuando se refiere, dentro de sus poemas, al oficio de poeta, es mucho más esclarecedora. En Circo roto hay dos poemas que están colocados enfrentados, cara contra cara, en la edición; y nos parece una sabia decisión si lo que se pretendía es que entendiéramos lo que significaba el oficio de poeta para Hanni. El primer poema se titula El poema y el segundo Dios y el poema. Transcribo una líneas de El poema:

¿Va a escribir esta noche?
– Me pregunta la Sra. Carmen
Y yo no sé si voy a escribir

Yo no sé si el cosmos vendrá a mí
Yo no sé si la serpiente rodeará mi cuerpo
Y me salpicará de su sed.
Yo no sé.
[…]
Yo no sé si vendrá el poema.

A esta postura de iluminado se opone (o acaso no) una postura de artesano, si bien un artesano que reconoce que sin la intervención de lo divino su destreza es inútil:

Dios
me quedo todo el tiempo posible
ante un poema
para que salga bien.
Es como una oración
Una invocación.

El poema Circo roto cierra el libro y el tono de despedida no podía ser más propicio, incluso en esa dedicatoria “A todos” y en ese epígrafe tomado de una conversación con Rafael Cadenas “Toda vida es un drama”.

Hasta en este momento, en el que según Manuel Caballero ya eran más frecuentes sus estancias en la Casa de Reposo “San José en San Antonio de los Altos”, Hanni mantuvo su coherencia particular, su lucidez deslumbrante, como para sentenciar en el verso noveno de ese poema final, con tajante patetismo: “estoy en la nada”.