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Arte común

19th Ago 2016 0 Comments
Arte común

(Publicado originalmente en El Estilete: http://www.elestilete.com/escritura/arte-comun/)

 

Genio, talento, trabajo, suerte; todos son elementos necesarios para que algo suceda en cualquier campo, pero sobre todo en el arte y la ciencia. De ellos sólo tenemos control sobre el trabajo, qué tan disciplinados somos, qué tan obstinados podemos ser, hasta dónde podemos aceptar los fracasos.

Hacemos fotografías guiados por ideas, impulsos, a veces por inercia; a cada fotografía buena le preceden y le suceden decenas de fotografías malas; es así, cuestión de estadística, cada éxito sólo nos asegura que vendrán varios (muchos) fracasos. Y ante esta irrefutable verdad científica tenemos dos opciones: dejar de fotografiar y quedarnos con esas pocas fracciones de segundo de éxito o insistir y asegurarnos más fracasos y acaso algún otro éxito. Es una decisión, como dijo una vez Sally Mann, entre la incertidumbre y la certidumbre y, paradójicamente, en este caso la zona de confort es casi siempre la incertidumbre, la parálisis: el miedo al fracaso es muy fuerte y el peso de un éxito a veces es insostenible.

Muchos piensan en los artistas como seres excepcionales, con un don especial que los faculta para producir arte. Yo creo que ciertamente hay seres excepcionales como Bach, Borges, Proust o Dalí; pero si el requisito del artista fuese tener ese nivel de talento o genialidad existiría muy poco arte; las estadísticas, nuevamente, no fallan. Por eso tenemos muchos artistas como Sugimoto, Van Gogh, Pollock, Woolf, Reverón, Adams, excepcionales sin duda, pero por su capacidad para fracasar e insistir. Creo que de eso se trata, de insistir a pesar del fracaso, y nada como la Fotografía para fallar e insistir.

La doctrina platónica de recogimiento afirma que no aprendemos, sino que más bien, con el tiempo y la investigación penetrante, liberamos el conocimiento integral que viene con nosotros al nacer. Bajo este principio, todos mantenemos oculto dentro de nosotros al “otro”, al artista, que es el único calificado para trascender su propia identidad y tener acceso a lo desconocido a través de la empatía y la imaginación. Me confieso platónico, a pesar de que se requiera de muchísima empatía e imaginación para entender nuestros intereses y empezar a articularlos.

De esto se trata el arte común, el arte que producimos todos los que no somos Mozart, y entonces debemos afinar lo más que podamos nuestras habilidades, insistir y cuestionarnos profundamente hasta que no quede el más mínimo velo de conformismo o engreimiento. Desde esta perspectiva del arte común, el asunto entonces es trabajar honestamente; la clave no está en las campañas de mercadeo, ni en las mediciones provenientes del like system, es una cuestión más íntima.

Nos sentimos elevados cuando revelamos un trabajo y obtenemos una hoja de contactos perfecta:

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José M. Ramírez

Vivimos el deleite de saber que en esta retícula podremos encontrar una imagen que nos satisfaga. Pero la realidad es que la mayoría de las hojas de contacto no son como esta sino como esta otra, fruto de la inseguridad, la falta de control, las condiciones adversas, un inadecuado estado del espíritu, etc.:

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José M. Ramírez

Entonces hay que luchar para detectar la imagen en medio de esta precariedad, acogerla con cariño y pasar con ella largas horas de terapia intensiva en el cuarto oscuro hasta obtener aquello que se escondía detrás de nuestra torpeza:

jose ramirez ruina

José M. Ramírez

Al mostrar la imagen podemos callar o incluso podemos crear mitologías sobre la forma en la que vimos la imagen, “nos sentimos irrefrenablemente atraídos y mágicamente la capturamos para luego copiarla sin casi ningún ajuste”. Podemos incluso insistir en que no sabemos cómo salió algo así, en que fue un momento mágico, irrepetible, inexplicable; al fin y al cabo, todo eso forma parte del aparato artístico, desde siempre. Pero también podemos confesar que el negativo era un poco débil, que vimos allí una imagen y que tardamos unos 5 días antes de tener una 8×10 decente y otros 10 días antes de lograr una versión que realmente nos orgulleciera. Este es el arte que hacemos los que no somos Proust, ni Lartigue; este es nuestro arte común.

Hacemos todo esto por nosotros mismos y por el reconocimiento del público, esa es la meta; por todo esto es que cuando me hablan de artista validado me estremezco. ¿Qué curador, crítico, galerista o marchante puede validarnos, es decir, sacarnos de la masa de los aspirantes y ponernos la chapa de artista?

ventanas2-02Creo firmemente en la curaduría, en todas las artes y, sobre todo, en la Fotografía. Considero imprescindible el diálogo y la interpelación como fundamentos del proceso creativo y estoy convencido de que la intermediación agrega valor indiscutible a las obras. Pero la curaduría no valida una obra, tampoco lo hace el museo o la galería. Ese concepto de artista validado o de obra validada es una insensatez, una re-edición contemporánea del sistema de salones del siglo XIX, una trampa-jaula. Un curador no nos puede decir si algo que hacemos es bueno o malo, si es arte o no lo es; nos puede ayudar, eso sí, a entender cómo mostrarlo, puede ayudarnos a recorrer en reversa ese camino que luego pretendemos que el espectador recorra, ayudarnos a construir los puentes, la señalización, hasta allí.

Llegar a mostrar la obra en una galería o en un museo, interesar a un crítico o a un curador es un logro, sin duda, pero no porque eso nos valide sino porque con ello podremos obtener o afinar medios de difusión. La verdadera validación la obtenemos en silencio, en mi caso a oscuras, cuando al encender la luz podemos observar en el fondo de la bandeja de lavado (o de fijado si estamos muy ansiosos) una imagen que nos acelera el corazón.