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Fotografías no hechas

Fotografías no hechas

Estoy terminando de leer un libro maravilloso, no se trata de finales felices ni de caminos de rosas, se trata de momentos en los cuales la Fotografía que “debió” hacerse, no se hizo. Y es que ese deber entrecomillado resulta de la imposición que nos hacemos ante lo que creemos que debemos llevarnos, aquellos que es imprescindible capturar. Como dice el editor, Will Steacy, en la introducción, este libro es sobre “imágenes que no llegaron nunca a convertirse en fotografías”.

“Photographs not taken”, nos presenta las pequeñas historias de 62 fotógrafos, entre ellos Alex Webb, Ed Kashi, Sylvia Plachy, Elinor Carucci, Andrew Moore, que en un momento determinado no pudieron, no quisieron o no supieron hacer una fotografía en un momento crucial. Lo interesante, más allá de la anécdota, es como esa “falla”, de una u otra forma, se convirtió en decisiva para la carrera fotográfica de cada uno.

Mary Ellen Mark en su historia, habla sobre la relación entre las imágenes en nuestra memoria y las imágenes que ella llama “reales”; las hojas de contactos que están continuamente ajustando nuestros recuerdos. Elinor Carucci relata esa lucha entre la fotógrafo y la madre; Joseph Rodriguez nos muestra, muy lejos de la abstracción en la que a veces nos gusta estar, un momento en el que bajar la cámara y hacer otra cosa no sólo era lo correcto, sino lo decisivo para el ser humano y el fotógrafo.

Sylvia Plachy nos da un ejemplo de esas imágenes no hechas con cuyo recuerdo no aprendemos nunca a convivir, y termina su relato con el comentario tajante “Diane Arbus would have done it”. Andrew Moore también nos invita a recorrer ese camino, acaso con mayor tristeza.

A veces me pregunto, sobre todo cuando pienso en mis hijos, si es correcto exponerlos a todo y si es bueno enseñarles a que ellos mismos se protejan de aquellas imágenes feas, vacías o innecesarias. Pesa mucho dentro de mi esa sentencia de T. S. Eliot que advierte que una vez que adquirimos conciencia de algo es imposible desconcientizarnos; no podemos saber la forma ni la hondura de la marca que una imagen, fotografiada o no, vaya a dejar en nuestra alma.

Este compendio de Will Steacy ha complicado aun más este dilema. Es un libro difícil de leer, al menos a mí me fue imprescindible en mas de una ocasión lanzarlo a un lado y salir a mirar al cielo, al suelo o al espejo, sin la cámara.