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Helena de ¿Troya?

Ante un personaje complejo siempre existe la tentación de optar por el análisis superficial, sujeto a los hechos, anecdótico. Pero si apreciamos el juicio de Goethe, como uno de los escritores más eruditos de Occidente, no podemos atribuir al capricho, sino a una conclusión meditada, las palabras que coloca en boca de Helena en el acto tercero de la segunda parte de Fausto : No aumentes la turbación de mis sentidos, que aun ahora mismo ignoro quién soy. Nos enfrentamos, repito, aun personaje complejo.

El relato de Goethe, en el cual Helena aparece como un personaje trágico que atrae por su aplomo y lucidez más que por su belleza, es un contrapunteo dramático que no da tregua al lector hasta la sorprendente aparición de Fausto. Helena confiesa a Fausto, cuando este trae a su presencia al distraído vigía Linceo, el carácter trágico de su condición:

No debo castigar el mal que yo he causado. ¡Fatal destino el mío, que me obliga a turbar el corazón del hombre, que con sólo verme hasta de sí propio se olvida y de todo prescinde! Los semidioses, los héroes, los dioses y los mismos demonios, no han parado hasta envolverme con sus raptos, sus seducciones y sus combates, en las más densas tinieblas.

Descubrimos aquí a una Helena que carga con su belleza como con un sino fatal que, no sólo ha traído la desgracia a sus admiradores, sino también a ella misma. Goethe introduce referencias a los principales episodios de Helena en la literatura. Voy a utilizar estas referencias como guía de mi exposición, deteniéndome antes en una breve reseña de su genealogía.

Helena era reconocida como hija de Zeus, quien adoptando la forma de cisne, poseyó a Leda. Esta puso dos huevos de los que nacieron Cástor, Pólux, Clitemestra y Helena. Hay muchas variantes en la historia que hablan de un solo huevo fruto de la unión de Zeus y Némesis, encontrado por un pastor y llevado a Leda. En estas versiones Clitemestra nace en forma natural. Afrodita, cuando trata de convencer a Paris de la belleza de Helena, dice que el haber nacido de un huevo de cisne le ha otorgado una tez bella y delicada. Su padre mortal fue Tindáreo, esposo de Leda y rey de Esparta.

Cuando Helena tenía 10 años fue raptada por Teseo, con la ayuda de Pirítoo. Cástor y Pólux la rescataron. De este suceso, no registrado por Homero, no surge información que considere relevante para el análisis de Helena, salvo el hecho de que su belleza comenzó a generar, a muy corta edad, deseos irrefrenables.

Del rapto, o huída, de Helena con Paris, se han ocupado diversos autores. La versión homérica presentada en la Ilíada , muy propicia para la épica, muestra a Helena raptada por Paris y llevada a Troya, en donde permanece hasta la victoria aquea. Pero existen múltiples versiones que divergen de forma importante en el camino que siguió Helena desde su salida de Esparta hasta su reunión con Menelao.

Eurípides en Troyanas presenta a Helena consciente de su falta, confesando a Menelao que en efecto huyó con Paris, abandonando a su hija y esposo, víctima del destino que le impuso Afrodita. Se refiere aquí al juicio de belleza que Paris hace en el monte Gárgaro y en donde este elige a Afrodita como la más bella, generando la ira de Atenea y Hera. Helena, con una capacidad dialéctica impresionante, le hace ver a Menelao que su unión con Paris ha beneficiado a Grecia, al evitar el destino adverso que hubiera supuesto el triunfo de Atenea o Hera. Agrega que su ira debería estar dirigida a Afrodita y no a ella . Menelao queda desarmado ante estos argumentos.

Otras versiones exponen que, tras la salida de Paris y Helena de Esparta, vientos desfavorables los llevaron a Egipto. Desde allí, parte de las versiones indican que permanecieron un tiempo antes de dirigirse definitivamente a Troya y otras que el rey Proteo, indignado por la historia del rapto, retuvo a Helena junto al botín que la acompañaba y ordenó a Paris que partiera. Esta última versión es extensamente documentada por Heródoto , quien opina que Helena nunca llegó a Troya y que Menelao, al regreso de la destrucción de Troya por creerla allí, la recobró de manos de Proteo. Heródoto monta su argumento en su confianza en el buen juicio que se impondría en Paris y Príamo, quienes no someterían a Troya a un sufrimiento por causa de la retención de Helena. No obstante, versiones como la homérica y la de Virgilio en la Eneida dejan entrever que Héctor y Príamo acogieron a Helena pues entendían que la guerra había sido provocada por los dioses y era inevitable:

No eches la culpa a la beldad odiosa de esa lacedemonia hija de Tindáreo, ni el crimen es de Paris…¡Son los dioses, los inclementes dioses los que arrasan esta opulencia, y desde su alta cumbre han derribado a Troya!

Helena, o quizás debamos decir “la belleza”, nuevamente se presenta como vehículo de los dioses para cumplir sus caprichos. Otros textos indican que Helena permaneció en Egipto y que fue un “fantasma”, que Hera había formado con nubes, quien acompañó a Paris a Troya. Estas versiones fantasmales unen a Helena incluso con Aquiles. Goethe combina todos estos elementos de forma fascinante en el diálogo al que ya hicimos referencia al inicio de estos comentarios entre Helena y Forquias. En dicho diálogo podemos apreciar la degradación psíquica de Helena:

Forquias.- Pero mientras tu esposo iba a conquistar la herencia de Creta, se presentó un huésped en tu soledad, huésped de sin igual hermosura.
Helena.- ¿Por qué recordarme aquellos tiempos de semiviudez, que tantos males causaron?
[…]
F.- Tesoros que tú abandonaste por no salir de los muros de Ilión y por continuar entregada a los dulces transportes del amor…
H.- No recuerdes aquellos goces, que, por sentirme unida a ellos, la intensidad de un sufrimiento atroz inundó mi corazón y mi alma.
F.- Dícese que te apareciste entonces cual duplicado fantasma, puesto que se te vio a la vez en Ilión y Egipto.
H.- No aumentes la turbación de mis sentidos, que aun ahora mismo ignoro quién soy.
F.- Se dice que al verse libre del imperio de las sombras, fue Aquiles a unirse contigo, por haberte amado siempre.
H.- Siendo yo un fantasma, me uní con él, que también lo era; era aquello un sueño, me desmayé, sin que a mi vez haya sido desde entonces más que un fantasma.

Qué diferente esto del “Happy end” del matrimonio real espartano, que recibe a Telémaco en el canto IV de la Odisea .

Hemos tocado superficialmente algunos aspectos de un personaje muy complejo, que podemos ver como encarnación de la belleza, víctima-victimaria, realidad-espectro; destinada, tal como leemos en el poema “Helena” de Alejandro Oliveros, a ser usada como carnada por los dioses para atraer las voluntades de los hombres.:

[…] y de nuevo habré de ser seducida y raptada,
no sé por quién ni cuándo, pero sé que será así,
por todos los siglos de los siglos. Amen.