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Homenaje

(Este relato es de la vida real, he omitido los nombres y los lugares para proteger a los inocentes. Este texto tiene fines enteramente catárticos, es decir, es una descarga)

Una de dos, o acaso las dos, me he vuelto intolerante o nuestros eventos literarios se han vuelto insufribles. El problema es mío, enteramente mío, no me conecto y progresivamente la superficialidad, la falta de forma, me genera una angustia: me angustia que algún día lleguen a gustarme los eventos como el de hoy, que algún día deje de sentirlos mediocres.

No formo grupos temáticos, ni siento la necesidad de expresarme en grupo; los grupos, para mí, son una cuestión de afecto, los forma y los mantiene el afecto. Hablo desde mis creencias y experiencias, como cualquiera. Creo que las ideas se comparten, pero el grupo mata las ideas, las homogeiniza, las vuelve planas. El grupo temático se convierte en un flujo de complacencias, en un masaje colectivo.

Los grupos temáticos organizan eventos, a los que casi nunca voy, pero algún homenaje atrae cuando el homenajeado es alguien singular, cuando su obra ha sido especial y el agradecimiento nos moviliza. Asistimos a la convocatoria y esperamos, o deseamos, algo igualmente singular.

No comenzamos a la hora, bueno, asumámoslo como rasgo exótico, injustificable, pero tan reiterado que se ha impuesto con la fuerza invencible de la costumbre.

Comienza y desde el mismo inicio el que habla dice que lo que iba a leer no lo va a leer, que lo que esperábamos no va a ser y entonces arranca una secuencia de lecturas, sin un hilo conductor, ni temático, ni estilístico y leídas impropiamente (con 2 escasas excepciones). No faltan, como debe ser, las lecturas espontaneas, no planificadas (porque intuimos que había un plan), que a decir verdad resultaron las mejores.

Mientras se sucedían las perpetraciones, los organizadores caminaban, chateaban, comentaban con el de al lado. Mi vecina, sin duda una fan del homenajeado, sacaba fotos y producía un constante “tic, tic, tic” al chocar sus uñas con el teclado de su BlackBerry.

Resultado: 2 horas de vacío, del que nos hizo consciente los destellos de contenido que el homenajeado se permitió compartir. Al final los 5 minutos del apretón de manos, del abrazo, del afecto me permitieron salir con una sonrisa.

Luego de esta reseña catártica puedo regresar, sin peso y con gusto, a los textos que se perpetraron, ese será mi humilde y solitario homenaje: la lectura silenciosa y reverencial.