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Instagramas

Los fotogramas son cada uno de los cuadros de una película, los pictogramas son representaciones simbólicas de objetos reales, los instagramas son…, a ver, algo así como la representación visual de un impulso: en cuestión de minutos, acaso segundos, una imagen entra por el lente del móvil, es retocada y publicada en las redes sociales.
La antipática pregunta de las primeras versiones de Twitter, “¿Qué estás pensando?”, que luego cambiarían a “¿Qué está pasando?”, en el caso de Instagram (www.instagr.am), la aplicación móvil para producir estos “instagramas”, sería “¿Qué estás mirando?”.

Lo que nos muestran los “instágrafos” no es lo que estuvo frente al lente, sino lo que resultó de la transformación de esa luz por los filtros del programa, funcionando como instrumentos de los filtros cerebrales del autor. Incluyo en este post algunos instagramas tomados al azar de Twitter.
Como verán, el mérito técnico, artístico o documental de estas imágenes puede ser cuestionable, pero hay algo atractivo en ese impulso en ocasiones impúdico. Precisamente esa falta de pudor es la que vincula a estos instagramas con los timeline de Twitter o los muros de Facebook. Ese extraño fenómeno que nos hace, en mayor o menor grado, vivir nuestra vida privada en forma pública; un voyeurismo inverso que no deja de sorprenderme.
Por otro lado, en estos instagramas observamos una simulación irreverente. La imagen se muestra en ocasiones como si hubiera salido de una cámara Polaroid; pero la mentira no se oculta, todo lo contrario, se declara abiertamente. Desde este punto de vista no podemos condenar a los instagramas como mentiras. Al igual que en la literatura; en la que la declaración explícita de la ficción invita al lector a establecer un pacto tácito con el autor, a cambio del disfrute pleno de la obra; en los instagramas, de forma acaso más inconsciente que consciente, el autor nos invita a compartir su “visión”.
La urgencia de capturar una imagen no me lleva a compartirla de inmediato, al menos no en el entorno público. Pero presiento que el devenir de los acontecimientos me va a colocar a mí en el lado de los egoístas, en la medida en que el voyeurismo visual inverso (exhibicionismo si quieren) se imponga. Y no tengo la menor duda de que se impondrá. 
El cuarto oscuro sigue siendo, en mi caso, el lugar en el que se crean las fotografías. Creo que si otros tienen  el derecho a la vanguardia tecnológica, yo tengo derecho a vivir en la obsolescencia fotográfica; es decir, a estudiar y entender todas las innovaciones, pero decidir quedarme con un “estado de arte” predominantemente analógico.
El instagrama anterior es de Iván González (@ivan_gonzalez), buen amigo y mejor fotógrafo, al que siento que esa pulsión de los instagramas debe incluso resultarle leve, en comparación con la inclemente dinámica del fotoperiodismo. Iván, como otros fotógrafos amigos (@rgomezphoto, @carlosrawlins, @mabellog), producen imágenes tan interesantes como las de sus fotografías convencionales (definición provisional, obviamente).
Imágenes como las de estos fotógrafos prestados (o ganados) a la instagrafía, nos deja claro que la democratización que ofrece la tecnología no pasa de ser un potencial. Los resultados, como en toda disciplina creativa son, y serán siempre, elitescos.