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Muere Adriano y no nos lo creemos

La suya era una existencia milagrosa, no sólo por el abuso incesante que infringía a su cuerpo, sino por esas palabras que dejaba caer de sus ojos y sus dedos, dejando siempre una estela de asombro, una extraña mezcla de esperanza y melancolía. Nos acostumbramos con facilidad a los milagros.

Lo vi por última vez en Noviembre pasado, cuando en “El buscón” nos entregaba sus “Cosas sueltas y secretas”: un gran misterio para mi.

Una tarde, en el Celarg, nos relató de memoria pasajes de “Tlön, Ugbar, Orbis Tertius” y ante su petición, al borde de las lágrimas, formamos un círculo, nos tomamos de las manos y “rezamos” esos textos. Acaso eso es lo que debamos hacer en este momento:

Sólo hay un presente que puede proseguirse: el día inexistente, el que no malgastamos día a día, esa hora lujosamente imaginada contra la cual no pueden gigantes ni quimeras ni endriagos ni huracanes. Por ello, corren arroyos sin decirlo, apenas tendidos entre el verde y las nubes que han copiado. Jamás enturbiaré los manantiales para decir que moriré de sed por ti. No es esa buena pista. Porque tú no intervienes. Quiero jugar a prueba tu crueldad. Basta que consideres en qué estado me has puesto por no saber que existo. Este amor lamentoso vive porque no ha nacido en ti, porque no sabes que desfallezco y caigo y prefiero canciones y tormentos por tu desdén que es un desdén que amo.