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Postal

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[Originalmente publicado en El Estilete: http://www.elestilete.com/escritura/postal/]

 

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El 14 de marzo de 1925, las hermanas Petroni, Anunziata, Augusta y Ana, le escribieron una postal a su amiga Teresita en prueba de cariño y aprecio. La postal llegó a mis manos en junio de 2015, de manos de un marchante de la feria de Tristán Narvaja, en Montevideo; la ausencia del matasellos me hace pensar que la postal nunca fue enviada, por lo que la prueba del cariño y aprecio pudo tener que encontrar otros caminos.

Allí están las hermanas Petroni, posando alegremente en una terraza; en el reverso, una educada caligrafía deja el mensaje y un cuadrado formado por la repetición de la palabra “ARTURA” señala la ubicación apropiada para la estampilla, que no está presente. “ARTURA” es un famoso fabricante de papel a la albúmina para postales, entre 1908 y 1924, por lo que presumo que estoy en posesión de una postal real o, para ser más preciso, de la prueba física de un mensaje no enviado, la constatación de un sentimiento. La calidad material y emocional de la imagen es contundente y su fuerza ha vencido a 90 años de deriva.

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La unión de la tradición epistolar con la fotografía llena de fuerza estos mensajes: la imagen y la escritura de puño y letra le agregan al mensaje una carga afectiva, la constancia del tiempo dedicado al diálogo silente previo al envío, tiempo que será devuelto en la lectura y en el eventual gesto “irracional” de llevar la postal al pecho y abrazarla, con amor.

Esta es Silvia, en 1940 tenía 4 años y quiso “dedicar este recuerdo” a su amiga Dolores.

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Muy probablemente, alguien puso en boca de Silvia esas palabras que acaso sentía, pero que no podría articular de esa forma, qué más da. Ni Silvia ni su amanuense podían prever que su escueto mensaje bastaría para un curso entero de semiótica y que su sentencia “Dedico este recuerdo” sería un magnífico título para un ensayo sobre la naturaleza del retrato fotográfico.

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Dos posan, uno observa, dos ignoran el hecho y otro atraviesa la escena de esta postal que en 1928 sirvió como un testimonio de aprecio, que el tiempo ha ido borrando, de un alumno a su maestro, y el deseo de que el 1928 fuese próspero y dichoso. Ni más ni menos que un “Feliz año” que recibiría el Sr. Licenciado Don Arístides García Mella del joven Salvador, con un abrazo, desde París.

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En algún momento, en la década de 1950, Maggie y Julián, junto a otros dos matrimonios, llegaron a Buenos Aires, tras atravesar en automóvil la cordillera de los Andes y recorrer mil kilómetros más. Desde allí, con alegría y orgullo, dedicarían esta postal a sus tíos y abuelita en la República Dominicana; el tío Juan sería el encargado de recibir el mensaje.

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El uso de la máquina de escribir era un signo de modernidad, pero no de automatismo y menos de premura. La sobre-escritura de la palabra “ciudad” revela que no existió un corrector automático que se interpusiera entre el humano, acaso Maggie, y el teclado.

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En un otoño de la década de los 60, el frío en Madrid era pasable y eso permitió que Ilsa y Narciso la caminaran y pasearan hasta no poder más. No iban solos; Willma y Fernando los acompañaron y “los trataron tan bien”.

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Una postal de la famosa marca “Escudo de Oro”, con un ‒hoy‒ curioso díptico filatélico de Franco y Unamuno, da fe irrefutable de todo esto.

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Las comunicaciones digitales cada día me llenan de mayor tristeza, acaso por su peso funcional, la presión de la brevedad y su vinculación con la simulación. Tengo un apego necio por la comunicación epistolar, me genera un placer inmenso. En Santo Domingo, República Dominicana, como en muchos de nuestros países, existe la creencia de que el correo no funciona bien, es un rumor que no me pudieron confirmar mis amigos, colegas y estudiantes. Fui entonces al Instituto Postal Dominicano y me encontré con un bello edificio neoclásico y con una funcionaria que amablemente resolvió mi duda: “El servicio funciona de maravilla, pero ya nadie lo usa”.

En nuestra triste era digital, los mensajes reposan perdidos en las esquinas inaccesibles del éter. La imagen del mensaje digital desdibujándose ante la acción de la tecla delete me resulta más triste que la eventual pérdida, en una playa inhóspita, de un mensaje en una botella.

La postal de las hermanas Petroni ha llegado a una playa en la que alguien afortunado, yo en este caso, puede darse por enterado y dar fe pública de su cariño y aprecio por Teresita.