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Regresando a “La casa” de Garmendia

Con un tono decididamente poético Salvador Garmendia nos presenta en “La casa” un torrente de imágenes fantásticas, metáforas duras de asimilar, y que en ocasiones exigen una aceptación incondicional, si pretendemos llegar al punto final. Y es que la casa del cuento es sometida a toda clase de operaciones de mutación, metamorfosis, que en ocasiones nos la hace imaginarla como ave de rapiña, lienzo, túnel, laberinto.

El narrador, en una primera persona a veces encubierta, relata su recorrido por la casa desde el amanecer hasta el anochecer; pero este recorrido, que luce más psíquico que físico, transcurre en un tiempo fantástico, más allá de esa doce horas referenciales, que son mas bien el hilo para tomarnos de la noche y llevarnos nuevamente a ella.

Hacia la mitad del cuento, luego de esa “agüita” que es el mediodía, Garmendia introduce una imagen que, a mi entender, sirve de bisagra al cuento y a la vez es clave para entender su trasfondo:

“La casa tiene una entrada que comunica con ella misma, aunque en una edad diferente”

Esa entrada, que no parece estar en un solo lugar sino en toda la casa, es la que nos lleva al encuentro con ese abuelo muerto en Alemania, a su cuerpo sobre la nieve y al retorno a través de su cuadro juvenil. Esa entrada, en forma de hueco de la casa incipiente que una vez fue, nos coloca en frente de las brujas que la habitan y de las tías que son la eterna conversación y, a la vez, el eterno tema de esa “historia que ha sido contada mil veces”.

Pero también por esa entrada, lo comprendemos luego en retrospectiva, pudimos conocer al tío Juan y luego, quizá con mayor dificultad, a una ciudad blanca y a una casa blanca, la misma quizá, regresando por el cuartito del fondo.

En esa ciudad blanca, acaso la casa en el futuro, el narrador nos dice “pensé con cierto sentimiento en mi casa lejana y en las personas que allí morían sin darse cuenta”. La casa, entonces, parece como suspendida en el tiempo, acumulando cosas y acumulando gente.

Que otra puede ser esa casa, con entrada que comunica con ella misma en edades diversa, que la psique que recibe, acumula y construye para luego entregarnos la tentación del recuerdo y la ilusión de lo posible. Pero esos caminos, a veces abiertos a través de muros que se rompen, a veces encontrados detrás de un retrato o en la profundidad del techo, traen consigo lo bueno y lo malo, sin posibilidad de edición o censura. Esa casa en la que nos adentramos, a veces a la fuerza o traicionados por el sueño, sin duda cruje, se empina y se pliega, quedando abandonada “al sereno” y dejándonos a nosotros boca arriba.