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Susan vino esta tarde

(Susan vino esta tarde. La encontré sentada en la terraza. Miraba absorta al Ávila, con una leve sonrisa. Sus manos reposaban sobre la última página del diario y sus lentes cruzaban diagonalmente una fotografía de sucesos. Me senté a su lado y, sin mirarme, comenzó a hablar, suavemente).

A nosotros los escritores nos inquietan las palabras. Las palabras significan. las palabras apuntan. Son flechas. Flechas clavadas en la piel áspera de la realidad. Pueden llegar a saturarse de mal olor.

¿Qué queremos decir, por ejemplo, con la palabra “paz”? ¿Queremos decir ausencia de conflicto? ¿Queremos decir un olvido? ¿Queremos decir perdón? ¿O queremos decir un profundo hastío, un agotamiento, un vaciamiento del rencor?

Me parece que la mayoría de las personas quieren decir “victoria” con paz. La victoria de su bando. Eso es lo que “paz” significa para ellas, mientras que para los otros significa derrota.

¿Y que queremos decir con “honor”? El honor como un criterio riguroso de conducta privada parece corresponder a una época remota. Pero la costumbre de conferir honores sigue incólume. Conferir un honor es declarar un criterio que se cree compartido. Aceptar un honor es creer, por un momento, que es merecido.

(…)

Pero lo importante no es lo que un escritor dice, sino lo que un escritor es. Como señaló una vez Roland Barthes : “Quien habla no es quien escribe, y quien escribe no es quien es“. Y, por supuesto, sostengo opiniones, opiniones políticas, algunas de ellas formadas con base en la lectura y la discusión, y la reflexión, pero no en la experiencia directa.

(…)

Lo que los escritores hacen debería liberarnos, sacudirnos. Recordarnos que podríamos aspirar, siquiera, a ser diferentes, y mejores, de lo que somos. Recordarnos que podemos cambiar.

Y qué entiendo por la palabra “perfección”. No intentaré explicarlo, sino que más bien diré que la Perfección me hace reír. Con alegría.

 Susan Sontag. ©2010 José Ramírez