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Tomando un café con Clarice

(Transcribo este diálogo, que en realidad, salvo por mi presencia física, fue un monólogo: Clarice hablaba y yo la miraba. Su voz, van a perdonarme, pero ante la imposibilidad de dar una descripción que le haga justicia a ese sonido, opto por un pudoroso silencio.

Uno a este silencio otras descripciones, que ya en este momento están demasiado atadas a mis párpados. Igualmente omito las preguntas que le hice, sus respuestas fueron lo más importante. Todo ocurrió en la tarde del Domingo 19 de Septiembre de 2010.)

Saudade es un poco como el hambre. Sólo ocurre cuando se come la presencia. Pero a veces la saudade es tan profunda que la presencia es poco: se quiere absorber a la otra persona toda. Estas ganas de uno ser el otro para una unificación completa es uno de los sentimientos más urgentes que existen en la vida.

(…)

Cuando me sacaron los puntos de la mano operada, por entre los dedos, grité. Lancé gritos de dolor, y de cólera, pues el dolor parece una ofensa a nuestra integridad física. Pero no fui tonta. Aproveché el dolor y grité por el pasado y el presente. Y hasta por el futuro grité, mi Dios.

(…)
 
Ah, si lo hubiera sabido, no nacía, ah si lo hubiera sabido, no nacía. La locura es vecina de la más cruel sensatez. Engullo la locura porque me alucina calmadamente (…) Dime por favor qué hora es para saber que estoy viviendo ahora (…) Te voy a contar un secreto: la vida es mortal. Nosotros mantenemos ese secreto con mutismo cada uno ante sí mismo porque conviene, si no sería convertir a cada instante en mortal (…) El futuro es mío en tanto yo viva. En el futuro habrá más tiempo para vivir y, de carambola, para escribir. En el futuro se dice: si lo hubiera sabido, no nacía.

(…)

No, voy a decir la cruda verdad. Lo que él dijo fue “¿Vamos a dar un paseíto?”. Por qué paseíto jamás se me dio el tiempo de saberlo. Y he ahí que de inmediato, de una altura de millares de siglos, rodó con estruendo la primera piedra de una avalancha: mi corazón (…) ¿Paseíto? Así también le decían a Caperucita Roja, que recién tarde se cuidó de cuidarse (…) Después que el Hombre se retiró, heme a salvo y todavía asustada (…) Estaba alegre y revolucionada, pero era por el miedo. Pues estoy a favor del miedo. Pues ciertos miedos, aquellos no mezquinos y que tienen raíz inextirpable, me vienen dando mi más incomprensible realidad.

(…)

Pero existe la vida que es para ser intensamente vivida, existe el amor. Existe el amor. Que tiene que vivirse hasta la última gota. Sin ningún miedo. No mata.



Clarice Lispector. ©2010 José Ramírez